EL MARIDO Y EL AMANTE.

Subyugué durante cuatro largos años a una mujer nerviosamente
apasionada, un filtro mágico de corrosiva lujuria, una
cantárida humana, una berberisca de mis sueños de harén: exotismo
viviente en este país en que las mujeres son pacíficas y se
destacan por un aire doméstico, por una expresión desesperante
de monótona tontería. ¡Ella parece más bien una hija
abrasada de los fúlgidos arenales, con sangre de pantera, exacerbados
los sentidos por las llamas del Simún!


¡Conservar una mujer encendida durante cuatro años es un
prodigio que no puede comprenderse entre nosotros!
Cierto, no han de enorgullecerse de él los inocentes maridos,
para los cuales la luna de miel dura apenas lo que una
luna: cuatro semanas; que confunden con ingenuidad nimbada
la fidelidad que sus mujeres guardan a la Opinión Pública o al
Deber, con una fidelidad de amor por su zafia, palurda y
caricaturesca persona.
Los burgueses están extraviados. El Amor no es la Virtud.
El Amor muere joven. Es una fatalidad de la Naturaleza. El
ideal de Amor debe integrarse con un sinnúmero de mujeres.
Querer obtenerlo de una mujer única es como pretender crear
una ópera con una sola nota del pentagrama o escribir un libro
con una sola letra del alfabeto. Dicen los griegos, esos maestros
reconocidos en Belleza, en Filosofía, en Arte, y en Amor,
que pretender ser amado exclusivamente es una locura de mortales.
¡Sería curioso que el Amor, cuyas alas frágiles se han escurrido
entre los dedos de los semidioses; de Cátulo, de Musset,
de Horacio, de lord Byron, se encontrara prisionero en los hogares
montevideanos junto a la cocina y al retrete!
Todas las cobardías, todos los crímenes del Matrimonio se
deben a que el hombre se considera dueño de la mujer. Cuando
reconozca su independencia, las prerrogativas inviolables de
su corazón y de su sexo, no será ya rencorosamente arrebatado
por los mil espectros lívidos de la Venganza. La fatal veleidad
no le parecerá un robo depravado, un inicuo desconocimiento
de los derechos sensuales de que se considera investido. No
verá en ella el desacato irritante, el golpe de audacia de la esclava
que provocó sus empujes de macho dominador, sino la
despedida de un ser igual que se aleja...


Se niega a la mujer la propiedad de su cuerpo. No puede
hacer uso de él más que para el Marido. Si dispone, por un
derecho elemental, de su don de vida en beneficio del amante,
arrastrada irresistiblemente por la Afinidad Electiva, soberana
dispensadora del bien de Amor, cínico criminal al que no se
escuchan atenuantes, su dueño la degüella. Alevosía, premeditación,
ensañamientos, todos los nubarrones lúgubres del crimen,
están permitidos al pater familias, al déspota romano,
para vengar su impotencia, su despecho, su atávico prejuicio.
¡La Ley le entrega su cuchilla!
¡Código de tiranía que te ensañas con el débil! ¡Leyes depravadas
dictadas por el Antropoide!
¡Dumas, en plena cátedra del teatro, sentencia, dogmáticamente,
que a la adúltera, a la mujer autónoma, se la debe
matar!


¡Burgués, tú habrías asesinado al pueblo en la Comuna!
La aberración entra por mucho. Un hombre enérgico
decíame, refiriendo el caso de un marido que, al encontrar a su
mujer in fraganti, la había arrojado por el balcón: ¡Es el único
medio de contener a la mujer!
El hombre que así hablaba era mi padre. Yo sentí protestar
en mí, desde entonces, el alma de mi madre que me inspira, de
la mujer de pasión y de aventura, de la desvanecida soñadora
que la educación burguesa me enseñaba a odiar. Al defender al
sexo siento que la defiendo. ¡Mi esfuerzo libertario es un tributo
altivo y vengador a sus dolores de Amorosa!
La Injusticia para con la mujer aparece siniestramente grabada,
como una inapelable condena dantesca, en el frontispicio
de los siglos, en las Tablas de la Ley.


Desde el comenzar del mundo un sexo indómito, feudal,
inquisidor, prepotente, inmola en nombre de su fuerza, de su
amor a la sangre, de su tenebrosa vanidad: estúpido tirano que
exige a la mujer lo que no puede concederle su arcilla ideal.
Otro, indefenso, paria, se refugia astutamente en la mentira,
fuerza del esclavo. Sofocado, brutalmente desviado, abre sigilosamente
con las armas de la Hipocresía el cauce inevitable de
sus olímpicas sensaciones...
No nos asombremos de que las mujeres libres todavía engañen.
¡Es la herencia de sus abuelas oprimidas!
Era el principio de los siglos... Extendida en el frío lecho de
la Esposa, hollado su derecho de amar, sujeta a la impostura
ignominiosa del Deber, a la opresión artera de la Virtud, la
Esclava del Hombre, esperaba...


Entonces, frente al Marido, adusto conservador, ornada la
frente por la diadema de un invencible prestigio, se irguió el
Amante, símbolo de las caricias, tierra prometida de la Sensualidad.
Lucifer olímpico, hijo de la Belleza, extendió a la carne
torturada de la Mujer sus brazos de redentor. Fue Paris, fue el
trovador florido, bohemio sentimental que mariposeaba alrededor
de las ceñudas torres, prisión de la Castellana. Fue
Macías, colgado de una almena. Fue Abelardo, mutilado, arrancando
a las fibras de Eloísa, la sublime encendida, un grito
anárquico de rebelión amorosa que desarraigó la Edad Media.
Ella, la Querida, se incorporó llamada por la sirena del
Deseo. Entregó la boca... Heroína de su ternura, desafió a su
señor. Se ofreció a la muerte. Selló el Amor Libre con la sangre
de su Calvario sensual, y se llamó Francesca: pagana enardecida
que abandonó, sonriendo, las delicias cristianas de la Resurrección
en los nimbos azulados, para enroscarse, convulsa, al
cuerpo de su Paolo. ¡Estrella relampagueante de los círculos
tenebrosos, rival vencedora de Beatriz en la epopeya
apocalíptica del genio místico a quien donó la Gloria! ¡Luz del
Infierno que hace palidecer el Paraíso!
La lucha del Marido y del Amante no ha cesado jamás.
Enemigos infatigables, dejan en la historia de la mujer un rastro
de sangre y de odio que se prolonga a través de los siglos...
¡Si el Marido fue ayudado por la Religión, el Amante ha
tenido de su parte el genio oculto del paganismo que no pudo
morir y que convirtió la concupiscencia grosera de la Escritura
en el divino pecado de los poetas! ¡El porvenir es del Amante,
que triunfará con la Anarquía!
–El marido es un atavismo...
En nada se revela el hombre tan irreconciliablemente primitivo
como en los celos... El enemigo de la mujer es el Antropoide.
¡Nosotros, los feministas, debemos apuñalar al monstruo
interior, al Mâle Originel!
–¡La Anarquía sin amor libre no es Anarquía! ¡Hay que
pensar en el Amor con más fuerza que en la cuestión económica!
Tiempo tenemos de ocuparnos de la raquítica tierra. Acudamos
a lo que más urge...
¡La Naturaleza es variable, caprichosa, mujer! El Amor vive
de deseos y muere de saciedad, dice la gran sentencia. La mujer
es fatalmente voluble como el hombre. Es hija del hombre. ¡El
Amor no perdona a sus elegidos!


Optemos: la mujer inerte, la montevideana sin alma, sin
cuerpo, sin virtud siquiera dentro del mismo punto de vista
convencional; sin abnegación, que nada hace vibrar, que presencia,
impasible, instalada en un palco, los más grandes sollozos
que atraviesan la historia afectiva de la humanidad y
que revientan en la música; que mira sin comprender todos
los torcedores, todas las angustias dramáticas del corazón estrujado;
que no siente a Manón, que no comprende a Fausto,
que denomina la pasión: cosas de los libros; que se vende estúpidamente
contenta, prostituta a plazo largo, como diría
Tolstoi, a la codicia de un burgués, con el cual sostiene una
amistad de lecho imperturbable; que se apareja por una inercia
del instinto, hembra salvaje, reproductora inconsciente,
cuya cohabitación, como diría Nordau, no será nunca un episodio
en el proceso vital de la humanidad; o bien, la amante y
todas sus torturas.
Nosotros, los que hemos sido cien veces crucificados,
martirizados, destrozados, no vacilamos. No damos nuestra
quemante angustia por la plétora de satisfacción de los burgueses;
no damos el tósigo de las traiciones que nos corroen,
por la fidelidad jurídica de sus marmotas conyugales
Día vendrá en que, domado el atavismo sentimental, las
mujeres puedan ser libres sin que nosotros seamos infelices. La
Anarquía nos hará griegos... Safo, Aspasia, Bylitis, renacerán
para nosotros en la Ciudad Futura.
Arrancados de la educación cristiana, nos acostumbraremos
a mirar en el amor una cosa fugaz, como todo lo que vive.
Nuevos moldes, nuevas armonías, nuevos entrelazamientos,
nuevas formas busca con turbulento afán el genio afiebrado de
la Naturaleza en los anhelos de Hombre y de la Mujer por la
sensación intensa que agota la repetición del mismo beso, el
frotamiento de la misma sensualidad.
Que la Vida, poema de palpitación y de fuerza, no nazca
pobremente de la inercia del contacto matrimonial, amanerada,
trivial, burguesa, artificial casi, denigrada, marcada en la frente
por el bostezo sacrílego que la engendró en los hastíos. ¡Que
surja estremecida, eléctrica –desgarrón de la carne–, de la vibración
extrema de los abrazos tempestuosos, de la fecundación
inspirada, violenta, del rayo del espermatozoide precipitado
con vértigo!


¡El Amor Libre es un canto a la Especie!
Cuando la libertaria desplegó ante el público, con arrogancia
inaudita, su veleidad caprichosa, los sórdidos burgueses
lanzaron un grito de triunfo. Sonrisas de feliz ironía florecieron
en todos los labios. ¡Me creyeron vendido, pisoteado por
mi heroína que los vengaba, inocua ilusión!
Yo dije a la volcánica Favorita, en el albor de nuestras caricias,
que sólo aceptaba en sus abrazos la más espontánea comunión
del sexo; que su menor sacrificio en aras de la fidelidad
ofendería en mí al orgulloso, al anárquico. Le sugerí con
imperio que se rindiese a su naturaleza, a la Naturaleza. ¡En
mis brazos, en brazos de otro, no ha cesado un momento de ser
mi bandera!



Roberto de las Carreras (1873-1963), dandy, polemista, provocador
uruguayo, hijo de Ernesto de las Carreras y de Clara
García de Zúñiga, fue amigo de Julio Herrera y Reissig, quien
compartió muchas de sus ideas y aventuras. Entre sus libros y
folletos se cuentan Al lector, Sueño de Oriente, La tragedia del
Prado, La crisis del matrimonio, Oración pagana, Psalmo a
Venus Cavalieri. Estos fragmentos corresponden a Amor libre:
interviews voluptuosos con Roberto de las Carreras, cuya
primera parte se publicó en La Rebelión el 25 de agosto de
1902.